Eduardo S. Molano
EFE Bargny (Senegal) I
En Bargny, una localidad pesquera a treinta kilómetros de Dakar, la capital de Senegal, vive Bineta Dieng. A sus 58 años, Bineta se sube cada mañana a una carreta tirada por un caballo y recorre, durante quince minutos, el camino hasta una ciénaga a los pies de la central de carbón. Allí, junto a decenas de mujeres, limpia sardinas, las mezcla con trazas de cacahuete y las deja secar mientras realiza varios ciclos de ahumado.
El lugar, frecuentado por asnos y perros moribundos que se sumergen en la laguna para escapar de la temperatura asfixiante, no desentonaría entre los círculos de castigo eterno descritos por Dante. Al mediodía, Bineta emprende el regreso a su vivienda.
Almuerza y toma una breve siesta. Hoy, al encontrarse en el ayuno de Ramadán, no ha probado bocado durante la jornada. Tras el descanso vuelve al trabajo. Para entonces, los hombres ya han comenzado a recoger el pescado para su venta: centenares de sacos tirados entre desechos.
Ni el humo que se pega a sus pulmones, ni el calor sofocante, consiguen apagar la entereza en la mirada de Bineta cuando habla.
Su rostro solo se ensombrece cuando menciona la desaparición de su hija: “El 30 de octubre de 2023, mi hija Maimouna zarpó en una embarcación (rumbo a las islas Canarias). Desde entonces, está desaparecida”, relata a EFE.
Bineta no habla de muerte. A pesar de que nada se sabe del paradero del barco desde el día de su partida, para ella, su hija de 22 años no ha fallecido en aguas del Atlántico. Y ello porque los marabús le aseguran que sigue con vida. Y que está en Marruecos detenida.

De figuras reconocidas a charlatanes
En el oeste de África, los marabús son eruditos del Islam que actúan como líderes espirituales. En Senegal, su consulta es habitual para buscar soluciones a problemas cotidianos, ya sean económicos, sanitarios o familiares.
En los últimos años, estos han adquirido un papel fundamental en la toma de decisiones migratorias, especialmente en un contexto de alto riesgo. Los migrantes suelen llevar consigo símbolos espirituales para su protección, entregados por los propios marabús.
Sin embargo, de ser figuras únicas y respetadas como guías religiosos, los marabús han proliferado de forma masiva en la era de las redes sociales. Ahora, si alguien busca respuestas, siempre aparecerá un marabú oportunista para dárselas.
Bineta reconoce haber recurrido a decenas de estos falsos guías.
Sus contactos suelen llegarle a través de amigas o los encuentra al azar en las redes sociales. Del patio de viviendas donde reside, otros catorce migrantes subieron a la misma embarcación que su hija, donde se calcula había 173 personas.
“Un marabú nos pidió a un grupo de mujeres y a mí 250.000 francos (unos 375 euros) para darnos más información sobre el paradero exacto de nuestros hijos. No teníamos ese dinero y no pudimos dárselo. Pero, si lo hubiéramos tenido, se lo habríamos dado sin dudar», recuerda Bineta.
La espera infinita
Según estimaciones de las autoridades locales, entre 2023 y 2024, casi 3.000 personas de Bargny emprendieron la peligrosa travesía hacia las islas Canarias. De ellos, un centenar continúa en paradero desconocido.
Es precisamente en este vacío informativo donde intervienen los marabús, al asegurar a las familias que sus seres queridos están vivos, concretamente en Marruecos.
Para las familias de quienes ya partieron y se perdieron en el camino, la espera es una tortura. Padres, madres, tíos y hermanos pasan sus días persiguiendo respuestas que solo llegan a cambio de dinero. Desde Touba, en el corazón de Senegal, hasta Casamance, en el sur, supuestos guías espirituales les envían audios con promesas vacías, manteniendo viva una esperanza que solo se renueva cada vez que envían más dinero por móvil.
«Todos los marabús que hemos contactado nos dicen que nuestros hijos están vivos. Que están en un lugar oscuro (…) En Marruecos”, reconoce Bineta.
«No pierdo la esperanza. La conexión entre una madre y sus hijos es algo especial. Sé que está viva», insiste.
Bineta, como el resto de sus amigas, sin embargo, no sabe —o no quiere saber— que están siendo engañadas.
Para manipular a sus víctimas, los marabús utilizan un método sencillo: se basan en noticias reales que magnifican y deforman bajo su interés. Es cierto que hay detenidos senegaleses en Marruecos. Como reconoce el Gobierno de Dakar, hasta el año pasado, 299 reclusos senegaleses estaban distribuidos en distintas cárceles marroquíes, la mayoría condenados por migración irregular, narcotráfico, fraude u otras infracciones.
Sin embargo, los marabús distorsionan esta realidad. La mayoría de los migrantes actualmente detenidos en Marruecos son personas que intentaron cruzar desde ese país hacia Europa y fueron interceptadas durante el trayecto, ya sea en una etapa intermedia más cercana a sus costas o tras recorrer rutas terrestres hacia el este —desde Senegal hasta Mali o Mauritania— para luego continuar hacia el norte.
La geografía no miente: para una embarcación que parte desde las costas de Senegal, el riesgo de naufragar antes de llegar a su destino es mucho mayor que el de ser detenida en aguas marroquíes.
Los marabús, no obstante, están dispuestos a hacer creer a quien quiera escucharlos que cualquier desaparecido está, en realidad, detenido en Marruecos.
De hecho, de las más de treinta familias contactadas por EFE —cuyos seres queridos partieron de Bargny en diferentes embarcaciones entre 2023 y 2025, y de los que no se tiene noticia—, todas afirman que algún marabú les ha asegurado que sus desaparecidos se encuentran en el país norteafricano.

Analfabetismo y desinformación
La facilidad con la que estos falsos marabús engañan a las familias se debe, en parte, a que muchos de sus miembros leen y escriben con dificultad, especialmente en francés. Esto los sitúa en una posición de extrema vulnerabilidad frente a la desinformación.
«Hoy en día, muchos marabús se encuentran, sobre todo, en redes sociales como TikTok o Facebook. Publican mensajes en los que aseguran poder curar, realizar invocaciones o consultas, y dejan su número de teléfono para contacto. Como todo el mundo tiene acceso a las redes sociales, la gente siente curiosidad”, asegura a EFE Bakou Mbaye, líder de la comunidad «lebou», etnia a la que pertenece gran parte de los residentes en esta zona de la
costa senegalesa.
En Senegal, la falta de alfabetización mediática, o la capacidad de acceder, analizar y crear mensajes en distintos formatos mediáticos de manera crítica y efectiva, se agrava por la superposición de barreras lingüísticas y educativas. En el país conviven más de 20 lenguas nacionales —como el «wolof», el «pulaar» o el «serer»— junto al francés como idioma oficial.

A esto se suma la falta de alfabetización básica: la incapacidad de leer, escribir y comprender textos sencillos en al menos un idioma. Según cifras del Banco Mundial, casi la mitad de la población senegalesa mayor de 15 años sigue siendo analfabeta.
Esta realidad dificulta el desarrollo de competencias críticas para identificar desinformación. Mbaye, conocido localmente como «lamane» (o ministro de Tierras), diferencia con claridad entre los distintos guías espirituales y critica el uso indiscriminado —y la corrupción— del término marabú. Con el tiempo, esta palabra ha acabado aglutinando una mezcla de roles: desde sacerdotes animistas hasta sanadores locales y adivinos.
En la etnia «lebou», la máxima autoridad espiritual recae en el «saligué» (o ministro de Defensa), una figura que se materializa en la protección de los vivos. Mbaye ejerce su poder con la ayuda de Mame Coumba Lamb, un espíritu protector femenino que actúa como puente entre el mundo visible y el invisible: una presencia que, aunque invisible a los ojos, es sentida por todos los que viven cerca del océano.
«En nuestra comunidad, cuando tu hijo se va y pasan semanas o meses sin noticias (…) la inquietud crece y no sabes qué hacer. Entonces, recurres al marabú para pedir ayuda: para saber si tu hijo está vivo, si ha llegado a España o a Europa. En ese momento, estás en una posición de vulnerabilidad, y ellos lo saben», lamenta Mbaye, refiriéndose a quienes él llama «charlatanes», alejados de los verdaderos preceptos del Islam.
Animismo y creencias tradicionales
Mbaye nos recibe en el santuario dedicado a Mame Coumba Lamb, ubicado junto al faro de Rufisque, a pocos kilómetros de Bargny, e improvisado con neumáticos y estacas de madera. El lugar, habitado por decenas de gatos que la tradición considera familiares de la deidad marina, respira una atmósfera de devoción silenciosa.
Mientras conversamos, se acerca una mujer. Unas migrañas persistentes la han traído hasta aquí. No es su primera visita y conoce el ritual de memoria. Cruza el umbral del templo y, sin dudar, estrella unos huevos contra el suelo pedregoso.
Mbaye le pide entonces que dirija una breve oración a Mame Coumba Lamb para explicar sus problemas. Después, juntos vierten al mar un pequeño saco de leche, y la mujer se baña en la mezcla turbia de agua y leche. Una vez que se seca, los gatos, hijos de este espíritu del mar, comienzan a lamer lo que queda del líquido.
“Ahí es cuando empieza el engaño —continúa Mbaye—. Algunos marabús empiezan a pedir dinero por sus consultas. Te dicen que tu hijo está en algún lugar, que no ha muerto, que pronto llamará, en una semana, en dos. Luego te exigen sacrificios —entregar un pollo, derramar leche u otras ofrendas— con la promesa de que así encontrarás a tu hijo o volverá a contactarte. Pero, en muchos casos, todo eso no son más que mentiras, puras estafas”, asevera.
Víctima de estas estafas es Ndeye Yacine. Dos de sus sobrinos, Babacar, de 24 años, y Maimouna, de 14, desaparecieron en la misma embarcación de la hija de Bineta. Al ser la matriarca de la familia, ella se encarga de la mayor parte del pago a los marabús.
“No sé si están desaparecidos o muertos, porque nadie los ha visto, nadie ha visto a esos niños. Y sus madres siguen yendo a los marabús. Ellos les dicen que no están muertos, que están en algún lugar, en un lugar oscuro, pero que siguen vivos”, asegura a EFE.
Yacine nos muestra en su teléfono móvil una de las muchas noticias que hablan de migrantes retenidos en Marruecos. Mientras habla, a apenas unos metros de su vivienda, las olas rompen en la playa y bañan sus tobillos. En la arena yacen, desde una rata muerta hasta jeringuillas y pañales usados.
En Bargny, los efectos de la pérdida de costa son visibles en los muros y calles del asentamiento, donde incluso mezquitas y un cementerio han quedado bajo el agua. Sus 51.000 habitantes se enfrentan a riesgos cada vez mayores, agravados por factores tanto naturales como humanos. Una de sus principales preocupaciones es la erosión costera, que se ha acelerado en los últimos años y ha provocado un retroceso del litoral de entre 3 y 4 metros anuales en esta zona de la costa senegalesa, según datos de las Naciones Unidas.
“(Los marabús) piden mucho dinero. Cuando fui con las madres, me decían que tenían que dar 50.000 o 55.000 francos (entre 75 y 82 euros) para hacer rituales y lograr que los niños regresaran. Yo tenía la esperanza de dar ese dinero, al menos para aliviar un poco el dolor. Pero, hasta ahora, nada”, lamenta Yacine.
Bineta, en cambio, lleva días alejada de estos fraudes.

No por decisión propia, sino por un descuido que acabó en la caída de su teléfono y la rotura de su único vínculo con estos guías espirituales. Para ella, este silencio convierte en aún más insoportable la ausencia del ser querido.
«Necesito arreglar el teléfono. Sin él, no puedo seguir buscando a mi hija. En cuanto lo repare, volveré a llamar a los marabús», repite cargada de desesperación.
Atrapadas entre el silencio y la esperanza de una noticia que nunca llega, en Bargny, decenas de familias como las de Bineta y Yacine siguen esperando señales de sus hijos.
Quizás mañana un marabú les traiga buenas nuevas. Sin herramientas para verificar la información, no les quedará más remedio que creer sus palabras.
Las historias de Bineta, Ndeye y Mbaye han sido recogidas en el proyecto de EFE Verifica Noticias falsas, víctimas reales, sobre el impacto y el dolor que causa la desinformación, realizado en colaboración con la Red Internacional de Verificación (IFCN, por sus siglas en inglés).



Debe estar conectado para enviar un comentario.